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<title>El mundo que me tocó</title>
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<description>Momentos poco felices de una vida como la tuya</description>
<copyright>Copyright 2006</copyright>
<pubDate>Fri, 12 May 2006 19:08:24 +0000</pubDate>
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	<title>Lágrimas de un viernes</title>
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	<pubDate>Fri, 12 May 2006 19:06:03 +0000</pubDate>
	<category>Anecdotario</category>
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	<description></description>
	<content:encoded><![CDATA[<br />
<br />
<b>Hoy es lunes. Faltan cinco días para que Juan vuelva a casa. Por suerte Angelito se queda con nosotros. Conmigo y con Ana. Ahora debe estar durmiendo, porque es de noche. Tarde. Y mañana llegará Paula, que hizo una vida nueva pero que siempre viene a verme. </b><br /><br /><br />
Esto se hace cada día más difícil. Ya pocas cosas me sirven. Las piernas, por ejemplo. No sé. No quieren caminar más. Yo no les insisto, pero si lo hiciera, me dirían lo de siempre. Que ahora no. Que ahora es tarde. <br />
<br />
Anita todavía me quiere. Ella siempre viene cuando la llamo. A la mañana no. A la mañana trabaja para tener con qué. Pero yo la llamo igual. La llamo gritando desde que se va hasta que llega. Ana. Anita. Anita, mi amor. La llamo así. <br />
Yo la quiero. A veces se lo digo; entonces ella viene y se acuesta en esta cama fea que me consiguieron para que esté más cómodo. Se acuesta y me envuelve entre sus brazos. Me pregunta si necesito algo. Y no me suelta. Porque me quiere, no me suelta. Pero al rato se va porque tiene cosas que hacer. Cosas de la casa. Y me quedo solo.<br />
<br />
Yo les pido. Y los llamo. Y cuando vienen ya me olvidé. <br />
Ángel me dice que lo llame cuantas veces quiera. Que ni bien me acuerde, que lo llame. Entonces lo hago. Y cuando viene, ya me olvidé. Y se va. Cruza la puerta de la habitación y se va. Y me vuelvo a quedar solo. <br />
<br />
Ya sé. A lo mejor es que no me quiero quedar solo. Y lo llamo. Y cuando viene ya me olvidé. Y así, todo el día. Cruza la puerta de la habitación y se va. Y me vuelvo a quedar solo.<br />
<br />
A Paula le doy más trabajo. Ella me cambia cuando Anita no está. Lo hace con mucho amor. Se le nota en los ojos aunque estén tristes. Y cuando termina, le dice a su hijito que el abuelo lo quiere saludar. Y el abuelo se duerme. Pero a él no le importa. Me saluda, sonriendo, creyendo que le estoy jugando. Pero no. Entonces se va. Cruza la puerta de la habitación y se va. Y me vuelvo a quedar solo.<br />
<br />
A veces pienso qué lindo sería jugar con él. No sé si pensará lo mismo. Algo me dice que sí, porque sin decirle nada, vuelve con su cucharita y me da el postre. Y se ríe cuando se me cae de la boca. Y yo trato de reírme también. Pero lloro. Por dentro, lloro. Y trato de no fallar en la siguiente cucharada. Que se quede adentro. A veces lo logro, y la mayoría no. Pero al menos él se ríe. Se ríe mucho. Después se acuerda de los dibujitos, y se va. Cruza la puerta de la habitación y se va. <br />
Y me vuelvo a quedar solo.<br />
<br />
Todo en éste lugar tan particular en el cual paso mis días, está ubicado de tal manera para que, al menos, pueda mirar cómo el invierno hace su paso en este año. Siento que los colores del paisaje me convidan a salir, pero no. Pero ahora no. Ahora es tarde. <br />
<br />
Y siguen pasando los días. Y la vida. Y las cosas crecen. Envejecen. Como yo, de a poco.<br />
<br />
Hoy es lunes. Faltan cinco días para que Juan vuelva a casa. Cada viernes se sucede de la misma manera. Cuando entra a la habitación me pregunta si lo extrañé y yo le digo que sí. Que hasta el cielo. Veo cómo levanta las cejas. Trata de impedir una mueca de tristeza y entonces me abraza. No me besa, pero me abraza. Cruza la puerta de la pieza y se va. Se encierra en el baño y llora. Llora por dentro y por fuera. Y se esconde. Como ahora lo debe estar haciendo allá, lejos de casa. <br />
<br />
Y es cuando me vuelvo a quedar solo...<br />
<br />
]]></content:encoded>
</item>
<item>
	<title>¿Vos te dejarías con un hombre?</title>
	<link>http://cuentagotas.bitacoras.com/archivos/2005/07/05/vos-te-dejarias-con-un-hombre</link>
	<comments>http://cuentagotas.bitacoras.com/archivos/2005/07/05/vos-te-dejarias-con-un-hombre#comentarios</comments>
	<pubDate>Tue, 05 Jul 2005 00:07:38 +0000</pubDate>
	<category>Anecdotario</category>
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	<description></description>
	<content:encoded><![CDATA[<br />
<b>Con Pedro nos conocemos desde los nueve años. Hicimos el secundario juntos y después nos fuimos a vivir a La Plata. Al año siguiente nos mudamos a Buenos Aires, y desde entonces compartimos el mismo techo. Nuestras charlas carecen de sentido. Quizás por eso nos llevamos tan bien. Aunque a veces no.</b><br /><br />-¿Vos te dejarías con un hombre?<br />
<i>-¿Qué?</i><br />
-Eso.<br />
<i>-¿Yo con un hombre? ¿Sexo?</i><br />
-Sí.<br />
<i>-Ni en pedo...</i><br />
-Pero supongamos que te ofrecen mucha guita...<br />
<i>-Ni en pedo...</i><br />
-¡Si no escuchaste la oferta!<br />
<i>-Tampoco.</i><br />
-Me vas a decir que si viene un tipo con “una luca” le decís que no; vamos, Pedro...<br />
<i>-Es poca plata.</i><br />
-Ah, ya lo estás pensando...<br />
<i>-No, ni en pedo.</i><br />
-Bueno, viajemos: ¿Si estás en mala posición económica?<br />
<i>-¿Como ahora?</i><br />
-Peor.<br />
<i>-No.</i><br />
-Tenés que salvar a tu familia de la ruina.<br />
<i>-Prefiero trabajar. </i><br />
-¿Como ahora?<br />
<i>-Lo de ahora es pasajero...</i><br />
-¿Viste “Nueve reinas”?<br />
<i>-Si, se plantea la misma conversación. De todas maneras me gusta más “El hijo de la novia”.</i><br />
-No me importa. En la película esa charla termina con una conclusión interesante. Darín dice que putos, sobran. Lo que pasa es que faltan financistas.<br />
<i>-No comparto.</i><br />
-Ah, ¿no? ¿No creés que eso existe en la realidad? Hay gente que por plata se deja. Y no estamos hablando de muchos billetes...<br />
<i>-Hay putos profesionales, Juan.</i><br />
-Y otros que no lo son.<br />
<i>-Bueno, pero yo no.</i><br />
-Dos lucas.<br />
<i>-No.</i><br />
-Diez.<br />
<i>-No.</i><br />
-Estás en la ruina, Pedro...<br />
<i>-No, boludo, no.</i><br />
-...<br />
-...<br />
-Che, está buena la sopa.<br />
<i>-Si, está buena. A mí me gusta más espesa. Pero de sabor está bien.</i><br />
-¿Con qué se acompaña la sopa?<br />
<i>-Con algo sólido.</i><br />
-Para tomar, gil...<br />
<i>-Agua.</i><br />
-Vino.<br />
<i>-Bueno, vino. Hoy estás bastante hincha pelotas.</i><br />
-No hagas ruido cuando la tomás, odio eso.<br />
<i>-No lo puedo evitar...</i><br />
-Si querés, sí.<br />
<i>-Uy, loco, estás insoportable...</i><br />
-Las minas rompen más las bolas...<br />
<i>-Bueno, pero vos no sos mina, y por ende, no sos mi pareja. Así que no me jodas. ¿Cómo te fue en el laburo?</i><br />
-Bien. Caminé bastante hoy. ¿A vos?<br />
<i>-Falté.</i><br />
-¿Otra vez, Pedro?<br />
<i>-No tenía ganas.</i><br />
-Te van a echar.<br />
<i>-No pasa nada...</i><br />
-Te van a echar y se va a dar lo que yo de dije...<br />
<i>-¿Otra vez con eso?</i><br />
-Cincuenta lucas...<br />
<i>-No. Si fuese una vieja, por ahí sí.</i><br />
-¿¡¡¡Por ahí sí!!!?<br />
<i>-Y sí... una vieja con guita...</i><br />
-Sí, Pedro, si te busca es porque tiene guita...<br />
<i>-Si viene... a ver... no sé...la Fortabat, por ejemplo, y me da lo que gana por Loma Negra, sí.</i><br />
-¿Pero vos estás mal de la cabeza? Mirá que la Fortabat te va a venir con semejante estupidez. ¡De movida el Secretario le sale más barato!<br />
-<i>Al Secretario no le interesa la propuesta. Si es su mano derecha, ya debe tener mucha guita. A parte, para lograr ser su hombre de confianza seguro que primero se la tuvo que haber garchado...</i><br />
-No sé...<br />
<i>-¡Seguro!</i><br />
-Bueno, ponéle. No importa. Pero igual, la mina no va a venir con esa historia. Imaginá algo un poco más real. No sé. La abuela de algún amigo, por ejemplo.<br />
<i>-Ninguno tiene abuela con plata.</i><br />
-Hugo si...<br />
<i>-¡Puaj! ¡Qué asco!</i><br />
-¿Viste? ¿Entonces?<br />
<i>-No podría. </i><br />
-¿No?<br />
<i>-Me tendría que clavar dos Viagras...</i><br />
-Por plata cualquier cosa... ¿Cuánto le pedís?<br />
<i>-Quinientos</i><br />
-¿¡¡¡Quinientos pesos!!!? ¿Qué te pasa? ¿Te gusta la vieja?<br />
<i>-No, bueno, no sé... </i><br />
-¿Y si viene el abuelo?<br />
<i>-Ni en pedo.</i><br />
-Cien mil.<br />
<i>-No.</i><br />
-¿Cien mil, no?<br />
<i>-No, Juan, no.</i><br />
-¿Quinientos mil?<br />
<i>-No.</i><br />
-¡¡¡Un millón!!!<br />
<i>-Ni en pedo...</i><br />
<br />
Pedro terminó la sopa llevándose el plato a la boca. Se limpió con un repasador sucio y tomó un poco de agua. Antes de levantarse, apoyando el vaso en la mesa, me miró y me dijo:<br />
<br />
<i>- ¿Vos?</i>]]></content:encoded>
</item>
<item>
	<title>Tierra seca</title>
	<link>http://cuentagotas.bitacoras.com/archivos/2005/06/28/tierra-seca2</link>
	<comments>http://cuentagotas.bitacoras.com/archivos/2005/06/28/tierra-seca2#comentarios</comments>
	<pubDate>Tue, 28 Jun 2005 01:42:32 +0000</pubDate>
	<category>Anecdotario</category>
	<guid>http://cuentagotas.bitacoras.com/archivos/2005/06/28/tierra-seca2</guid>
	<description></description>
	<content:encoded><![CDATA[<br />
<br />
<b>En el fóbal nunca fui habilidoso. Nunca aguanté un partido entero, nunca hice goles bonitos, nunca la figura del partido. Pero guardo dentro mío un estilo elegante para el pase corto, y preciso para el pelotazo en profundidad. Con eso, he logrado cosas importantes. Aunque mi vida deportiva en materia futbolera empezó como arquero. Y empezó mal.</b><br /><br />Cuando cumplí ocho años, acompañé a Mariano “Reíto” Anido al club Unión. En la primera práctica un viejo de pelo blanco despeinado y con pocos dientes al que todos llamaban <i>“Quimo”</i>, me preguntó de qué jugaba. “Atajo”, dije, y salí corriendo para ponerme debajo de los tres palos, con los pies separados y las manos en la cintura. <br />
Ni bien comenzado el partido me distraje con un “Pipper” que fumigaba un campo vecino, y a los cinco minutos ya contaba tres goles en contra. <i>“Quimo”</i> me dijo: - “¿Qué hacés, nene?” <br />
<br />
Entonces... afuera, en penitencia.<br />
<br />
Cuando cumplí los nueve, pasé por alto la advertencia de mi papá (<i>“No, Juan, el fútbol te estropea las piernas...”</i>) y me anoté en el Polideportivo. Duró poco. Ese mismo viernes llegué con las rodillas peladas de tanto tirarme al pedo en el playón que da a la 32, y mi viejo descubrió la mentira. <br />
<br />
Entonces... adentro, en penitencia.<br />
<br />
Cuando cumplí los diez, pasé a formar parte del equipo del barrio.<br />
Mis condiciones habían mejorado notablemente. Papá se había resignado y ya usaba la hora de la siesta para llevarme al “predio deportivo” del <i>Barrio La Penta </i>(un campito aislado, de tierra seca y dura, pero que llamado “Predio deportivo” elevaba su condición de potrero.)<br />
<br />
Ahí nos juntábamos tres veces por semana. El papá de Luisito nos dejaba una pelota y jugábamos hasta cansarnos o hasta que “el esférico” se iba a la casa de <i>Doña Griselda</i>, una vieja que nunca nos atendía y que se quedaba con nuestro mejor juego.<br />
<br />
El que llegó con la novedad del <i>“interbarrial”</i> fue Mauricio. Parece que había escuchado un comentario de boca de <i>Delvechio</i>, el presidente del barrio, pero como decía que nosotros no teníamos chance de nada prefería no levantar la perdiz para que el barrio no quedara mal parado.<br />
<br />
Entonces llegó corriendo a la práctica y nos contó medio entrecortado por el cansancio del trote.<br />
<br />
<i>-¿Cuándo es?</i><br />
<i>-El sábado que viene.</i><br />
<br />
Nos miramos. “Arito” Pietruchia, mayor que nosotros, se puso la pelota debajo del brazo y nos juntó en la mitad de la cancha. Nos dijo que era nuestra oportunidad. Que teníamos equipo de sobra, porque hasta en el banco había gente capacitada (Yo miré a los mellizos Heredia - uno chueco y el otro miope - los únicos que quedaban siempre para el recambio, y dudé un poco del discurso). También dijo que debíamos trabajar duro para ser el orgullo de la gente. Que el viejo se dedique a la zapatería, que bastante mal le estaba yendo. Que deje esto en nuestras manos, pues si el barrio iba a ser mal visto, sería porque tarde o temprano saltaría lo de la plata que se había robado en la última barrileteada del día del niño, y no por nuestro fracaso en el campeonato. Que los colores del barrio iban a ser defendidos por fornidos gladiadores, permanentes constructores del buen fútbol.<br />
<br />
<i>-Che, Arito... ¿Cuáles son los colores del barrio? - Preguntó alguien.</i><br />
<br />
<i>-Mmm... hay que conseguir camisetas. Cualquiera. Los colores van a ser esos. Nos vemos el lunes. </i><br />
<br />
Y nos fuimos caminando despacito, viendo cómo Lucas y Mariano, riéndose, se escupían de lejos.<br />
<br />
Pasó el fin de semana y el lunes nos encontramos con la novedad de haber conseguido la ropa. Era un juego de camisetas que guardaba el papá de Mauricio para los partidos internos de “<i>Ducilo</i>”, la fábrica donde trabajaba. <br />
Verdes con vivos celestes. Enormes. Horribles. Pero era lo que había. <br />
Entonces, plantamos el equipo en la cancha listos para el sábado:<br />
<br />
El “Negro” Aragón, cansado de atajar en el <i>Quilmes</i>, me dejó su puesto de arquero y se fue a jugar de once. Darío Caballero se paraba de tres. “Arito” de cinco, porque era grandote y cortaba bastante. Lucas Chabagno, camorrero como pocos, se paraba de dos. Mauricio era zurdo y jugaba libre. No por bueno, sino para que no estorbe siempre en el mismo lugar. Y el “Reíto” Anido había conseguido el permiso del “<i>Unión</i>” para jugar con nosotros. De esa forma tendríamos gol y prestigio. <br />
<br />
Toda la semana entrenamos fuerte. Incluso habíamos agregado más días porque nos enteramos que en el sorteo se había resuelto que sería por eliminación directa y, para colmo, nos tocaba debutar con el barrio “<i>Esperanza</i>”, un equipo de pibes rudos, poco simpáticos, famoso por su historial pugilístico dentro de las canchas, y que faltaban a la escuela para jugar a la pelota.<br />
<br />
El sábado a la mañana mi abuelo, enterado del campeonato interbarrial, me sorprendió con un hermoso par de guantes “<i>eNeVe</i>” de regalo. Me los dio envueltos en un papel de “<i>Vitetta deportes</i>” y me quedé observándolos un largo rato. Eran negros y tenían un refuerzo de cuerina dorada con una linda goma roja en la palma de la mano. Nunca había visto nada igual, sacando los “<i>Reuch</i>” de Pumpido.<br />
Ni los pibes lo podían creer. <br />
Hasta Darío había dicho que era un desperdicio.<br />
<br />
Entramos a la cancha. Cada equipo hacía movimientos precompetitivos en un arco distinto: Ellos jugaban un “<i>veinticinco</i>” y mandaban al paredón al que sea; Nosotros trotábamos despacio. Ellos se reían como si lo que viniese no fuera más que un picadito; Nosotros no parábamos de temerles. Ellos fueron al circulo central ni bien llamó el arbitro. Nosotros queríamos irnos cada uno a su casa.<br />
<br />
Al menos ganamos el sorteo. Al pedo, porque me dieron a elegir y del cagazo preferí que el sol me diera en la cara.<br />
<br />
En el primer tiempo fuimos más. No llegamos con claridad; no creamos una situación de riesgo; no tiramos un puto corner. Ni siquiera hicimos un lateral en el campo de ellos; pero aguantamos bastante sus patadas indiscriminadas y para nosotros era como ir ganando por goleada. <br />
<br />
Noté que se estaba caldeando el partido cuando al “Reíto”, faltando muy poco para que termine el primer tiempo, lo acostaron de un codazo en la mitad de la cancha y tuvo que salir sangrando. Por supuesto que no les dijo nada. Nadie hubiese dicho nada, nunca. A otro equipo sí, pero a los del “<i>Esperanza</i>”, jamás. <br />
<br />
En el descanso Pietruchia nos pasó un trapito con alcohol a cada uno para que le pegáramos unas olfateadas profundas, y dio a entender que estábamos bien. Que íbamos por buen camino. Que se estaban poniendo nerviosos y que nosotros teníamos que seguir así. Que estábamos a un paso del objetivo. <br />
Ahora, sin Mariano, la cosa iba a estar complicada. No por su ausencia, sino porque lo reemplazaría alguno de los mellizos Heredia. Eso no lo dijo en voz alta. Ni si quiera lo dijo, pero todos lo entendimos así mientras los hermanos se peleaban por no entrar.<br />
<br />
Todos me recuerdan por el segundo tiempo. El “<i>Chueco</i>” Heredia, en un acto de torpeza que sólo él podía protagonizar, erró una volea justo cuando el mejor de ellos lo estaba marcando. Le aplicó terrible derechazo a la altura de la cintura y, para rematarla, se le cayó encima quebrándole la clavícula. <br />
A la mierda el “<i>fair play</i>”...<br />
¿Cómo explicarle a estos muchachos que lo había hecho de inútil que era, nada más? ¿Cómo decirles que había sido un accidente...? <br />
No había forma. Así que dejamos que lo trompearan un rato y listo. De esa manera, todo se olvidaría rápidamente y ninguno de nosotros sería víctima de una venganza. <br />
<br />
Pero lo peor vino después, justo cuando terminaron de adornarle la cara al pobre Heredia y a segundos del final reglamentario.<br />
<br />
El árbitro cobró el foul. Un tiro libre lejano, inofensivo, manso. El encargado de darle fue el dos, que le pegaba de todos lados, y me quiso probar porque yo estaba frío. Alcancé a acomodar la barrera como pude y a los gritos, ya que nadie se quería interponer entre esa bestia y yo.  El único valiente fue el “<i>Chueco</i>”, que todavía se estaba agarrando la naríz y acusaba un leve zumbido en el oído. O en los dos, no me acuerdo.<br />
<br />
El grandote de ellos le pegó bárbaro, fuerte y con el empeine. Si no fuera porque le dio en la frente a Heredia (que se quedó tumbado otro rato más) se metía en el ángulo. Entonces la pelota dibujó una parábola antológica y ahí venía, suave ahora, picando alto y sin fuerza hacia mí. <br />
<br />
Traía la gloria de haber aguantado el resultado en cero (poco importaban los penales). <br />
La alegría de saber que ya nadie dudaría de nosotros. <br />
La cara hipócrita de un Delvechio sorprendido por nuestra actuación. <br />
La venganza del “Reíto” mirando desde el banco. <br />
El “<i>No fue en vano...</i>” de mi viejo. <br />
Y tantas otras cosas que se me cruzaron por la cabeza justo cuando me tocaba agarrarla. Justo cuando iba a coronarme con la única pelota del partido que me buscaba recién sobre el final...<br />
<br />
Y ahí venía... picando alto...  <br />
<br />
Jamás voy a olvidar esa imagen. <br />
<br />
<br />
<br />
]]></content:encoded>
</item>
<item>
	<title>¿Quién habla?</title>
	<link>http://cuentagotas.bitacoras.com/archivos/2005/06/21/quien-habla2</link>
	<comments>http://cuentagotas.bitacoras.com/archivos/2005/06/21/quien-habla2#comentarios</comments>
	<pubDate>Tue, 21 Jun 2005 14:20:02 +0000</pubDate>
	<category>Anecdotario</category>
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	<description></description>
	<content:encoded><![CDATA[<b>Lucas se está metiendo en problemas. Luciana camina hacia su casa y lo va a encontrar con otra mujer. Si ese timbre suena, el proyecto de casamiento entre ambos será parte del pasado. Se lo tengo que avisar. Siento que no llego a tiempo.</b><br /><br /><br />
<i>-Diga...!!!</i>-<br />
Hola, ¿Graciela?<br />
<i>-¿Quién habla?</i><br />
-Juan...<br />
<i>-¿Quién?</i><br />
-¡Juan! ¿Cómo le va?<br />
<i>-¿Qué Juan?</i><br />
-Juan, el amigo de Lucas...<br />
<i>-¿Juan?</i><br />
-Si, Graciela, yo estuve recién ahí, en su casa, con Lucas...<br />
<i>-Juan... Juan...</i><br />
-Graciela, el hijo de “Nito”.<br />
<i>-¡Ah, Nito!</i><br />
-Claro, Nito...<br />
<i>-¿Cómo estás Nito, tanto tiempo?</i><br />
-No, no...<br />
<i>-¿Ya te mudaste? Hace tanto que no te veo...</i><br />
-No, este...  Vamos de vuelta ¿Con lo de Garamini?<br />
<i>-Si...</i><br />
-¿Graciela?<br />
<i>-Si...</i><br />
-Ah, Graciela, qué tal, le habla Juan, el amigo de Lucas...<br />
<i>-¿Qué Lucas?</i><br />
-Lucas, su nieto, Graciela...<br />
<i>-Ah, si..., ¿Quién lo busca?</i><br />
-Ay, Dios mío...<br />
<i>-Pregunté quién lo busca, jovencito...</i><br />
-Juan, Graciela, Juan Ferrandis..<br />
-<i>Ferrandis... Ferrandis...  me suena...</i><br />
-Si, el hijo de Nito, Graciela...<br />
-<i>¿Qué Nito?</i><br />
-Mi papá, Graciela.<br />
-<i>Nito... Nito... A ver? ¡Luuuuuuucaaas, el papá de Nito!</i><br />
-No, no, no, Nito es mi papá... su papá no.<br />
-<i>Mi papá murió ¿me está haciendo un chiste?</i><br />
-No, señora, Nito es mi papá. Yo soy su hijo.<br />
<i>-¿Mío...?</i><br />
-¡¡¡Nooooo!!!<br />
<i>-¿De quién?</i><br />
-¡¡¡De Nito!!!<br />
<i>-¿Qué Nito?</i><br />
-Ay... Dios... No importa, hágame un favor, llame a Lucas, es urgente...<br />
<i>-¿De parte?</i> <br />
-De Juan...<br />
-<i>Ah, pero mire Juan que me está por llegar el auto y no sé...</i><br />
-¿Qué?<br />
-<i>Que no sé si al final lo voy a usar... porque tardó tanto...</i><br />
-Ah, está bien. Bueno, no se lo mando. “Doce”, anulado. La señora no quiere el auto. Señora, ya que estamos, ¿ahí vive Lucas?<br />
<i>-Si.</i><br />
-Uy, qué buena oportunidad para hablar con él... ¿Está?<br />
<i>-¿Quién?</i><br />
-Lucas<br />
-<i>No sé.</i><br />
-¿No sabe?<br />
-<i>No, ¿quién le habla?</i><br />
-Nadie, nadie...<br />
-<i>No me haga perder tiempo jovencito, dígame qué quiere.</i><br />
-Nada, nada...<br />
<i>-¿Y para qué llamó?</i><br />
-Para..., para... la puta que lo parió... ¡para comunicarle que se vence el plazo de la inscripción en el campeonato de canasta...!<br />
-<i>Ahhhh... ¿Y Anita ya se anotó? Porque yo iba a ir con ella...</i><br />
-Ah, casualmente, habla el hijo de ella...<br />
<i>-¿Juan?</i><br />
-¡Bingo!, ¡Si, Juan, sí, sí, eso<br />
-<i>Hola Juancito, tanto tiempo...</i><br />
-Nos vimos hace un rato, Graciela<br />
<i>-¿Está tu mamá querido?</i><br />
-¿Qué?<br />
<i>-Tu mamá...</i><br />
-Eh...<br />
-<i>Preguntale, preguntale...</i><br />
-¿Que le pregunte qué?<br />
-<i>Lo del campeonato. Decile que yo quiero jugar con ella...</i><br />
-¿Qué campeonato?<br />
-<i>El de canasta, Juan, ¿no me dijiste que se termina la inscripción, hijo?</i><br />
-Ah, si...<br />
-<i>Bueno, metéle, metéle que se me acaba la ficha...</i><br />
-¿Qué ficha? Graciela, ¿se siente bien?<br />
-<i>Si, hijo... bueno, un poco embromada de la pierna, pero no te aflijas porque no fue culpa tuya. El velador alumbra cada vez menos. Necesitaría cambiarlo por otro más moderno. Este es un regalo de mi casamiento, así que imaginate. Yo le dije a Lucas que...</i><br />
-¿Está?<br />
<i>-¿Quién?</i><br />
-Lucas<br />
<i>-¿De parte?</i><br />
-De Juan...<br />
-<i>Ay, perdón, es que usted tiene la voz tan parecida al hijo de una amiga...</i><br />
-Claro, claro, si, ¿está Lucas?<br />
-<i>Si, ya lo llamo. ¡Luuuuucas!... Disculpe, ¿Gonzalo qué, me dijo?</i><br />
-No, no, no...<br />
<i>-¿No qué?</i><br />
-¡Juan, Graciela! ¡Es urgente, por favor!<br />
-<i>Un momento..., a ver... ya vuelvo..., pero, justo ahora... <br />
!Maritaaaaa!..., pucha, ésta chica... ¡Maritaaaaa!, ¡Marita!, ¡Timbre Marita!</i><br />
]]></content:encoded>
</item>
<item>
	<title>Dolina no fue lo que era...</title>
	<link>http://cuentagotas.bitacoras.com/archivos/2005/06/14/dolina-no-fue-lo-que-era</link>
	<comments>http://cuentagotas.bitacoras.com/archivos/2005/06/14/dolina-no-fue-lo-que-era#comentarios</comments>
	<pubDate>Tue, 14 Jun 2005 01:50:15 +0000</pubDate>
	<category>Anecdotario</category>
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	<description></description>
	<content:encoded><![CDATA[<b>Conocí a Alejandro Dolina de tres formas diferentes: la primera, por el éter. La segunda, porque tocó el portero de mi departamento. La tercera, porque lo mandé a la mierda.</b><br /><br /><br />
Cuando tenía 14 años, Sebastián me dijo que la noche anterior había escuchado por la radio a un tipo que se hacía el bruto y que hablaba como el culo. Me acuerdo que le pregunté cómo era hablar como el culo, y él me dijo: "Como el culo...". También aclaró que se notaba que el tipo sabía mucho, pero que usaba ese recurso porque le daba resultado. Efectivamente. Pocos meses después, encontré a Dolina en boca de mis más amigos. Después en boca de todos. <br />
No podía dormirme sin escucharlo. Al otro día nos repetíamos las historias que él contaba por la radio. Cada uno agregaba datos que al otro se le habían escapado y así nos reíamos el doble. Pero eso era antes.<br />
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Esperé 5 años para poder entrevistarlo. Fue la peor nota de mi vida. <br />
Lo conocí personalmente por una amiga. Le preguntamos a ella si podíamos invitarlo a comer al departamento y ella respondió que si, que él no iba a tener problemas. Sería un viernes por la noche, antes de su programa. <br />
La tarde anterior preparamos todo. No se nos había escapado ningún detalle. Estaba todo limpio, y eso era bastante raro. Cada cosa en su lugar. Cada silla imaginariamente reservada, con nombre y apellido. A mí me iba a tocar al lado de él, y me sentía en ventaja por sobre el resto. <br />
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Cuando llegó, las pizzas ya estaban frías. Empezábamos mal. <br />
Saludó a todos dándonos la mano y se sentó en una silla equivocada. Lejos de mi lugar. Seguíamos peor. <br />
Uno abrió la ventana sin mirar y le pegó en la cabeza. Yo, haciéndome el chistoso dije:<i> "¡Boludo, así le vas a acomodar las ideas!" </i>Creo que no le causó mucha gracia porque enseguida preguntó dónde quedaba el baño, sin reparar en mi frase poco feliz. <br />
Nos sentamos a comer. Charlamos un rato largo, pero el ritmo de la conversación creció con el paso de las cervezas. Nos contó sobre su infancia y también algunas anécdotas sobre Diego, cuando filmaron "El día que Maradona conoció a Gardel". Después le preguntamos, con cierta vergüenza, si podíamos tomar registro de su paso por nuestra casa con un grabador de periodista que uno de los nuestros le había robado a su padre. Sé que ni bien terminamos la propuesta nos arrepentimos. No dijo que sí, pero tampoco que no, así que apretamos el "rec":<br />
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<i>-Bueno, yo hago las veces del escribano Testa... Y digo esto mientras se me cae una aceituna al piso... - aportaba Dolina con su inconfundible estilo a nuestro documento histórico. – </i><br />
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Charlamos de fútbol, de música y de mujeres. Le recordé a Héctor Bandarelli, el personaje de uno de sus cuentos, y me dijo que aunque pareciera mentira, ese tipo había existido. <br />
Aún conservo esa cinta. Pero no la escucho nunca quizás porque me recuerda  a la nota que llegó años más tarde. <br />
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Yo trabajaba en FM Mercedes haciendo un programa de radio sobre literatura. Necesitábamos más auspiciantes, porque no nos iba del todo bien en lo económico. Se me ocurrió que realizando una nota con él la gente se iba a interesar por nuestra emisión.<br />
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<i>"Si le hacés una nota al Negro, te pago un asado" </i>dijo uno de los productores. <br />
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Lo llamé por teléfono. Me recordó. La nota estaba asegurada. El asado también.<br />
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Música instrumental. "Just a closer walk whit thee", de Monty Sunshine. Sonido ambiente de fútbol:<br />
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<i>"Los griegos creían que las cosas ocurrían para que los hombres tuvieran algo que cantar. Todo tenía para los dioses impíos el único fin de proporcionar tema a los cantores.<br />
Héctor Bandarelli, el relator deportivo de Flores, creyó pertenecer a la estirpe de Homero, y en sus comienzos hizo algo que nadie había hecho antes: acostumbraba a relatar los propios partidos de fútbol que él jugaba. A medida que pasaba el tiempo, el relator iba superando al jugador... hasta que fue excluido del equipo.<br />
Parece una evolución previsible: los antiguos poetas cantaban hazañas más o menos reales. Después las inventaron.<br />
Lo mismo sucedió con Bandarelli, y al no tener que ceñirse al rigor de los hechos ciertos, los partidos que relataba empezaron a mejorar..."</i><br />
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Abrí la nota con este fragmento de "Relatores", un cuento que aparece en "El libro del fantasma", del propio Dolina.<br />
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Yo lo sabía, pero igual le dije:  <br />
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<i>- Vamos a desmitificar esto... ¿Existió o no existió Héctor Bandarelli? </i>- La pregunta no era buena, pero la usé como disparador para entrar en el terreno de la elaboración de los cuentos, disfrutando de saber la respuesta por su propia boca.<br />
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Su contestación me sorprendió mucho.<br />
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<i>- No, desde luego que no... -</i> Dijo secamente y apareció el primer bache de una nota que así, iba a ser muy dura.<br />
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<i>- Bueno... pero... </i>– "Hijo de puta, me tenías que decir que sí", pensaba yo sin haber nunca imaginado un plan B ante semejante respuesta. - <i>De todas maneras, qué apasionante que es la literatura futbolera, ¿no?. -</i> Traté de arreglar ese momento tan terrible como imborrable.<br />
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<i>- No. Pienso todo lo contrario. Si hay algo superfluo, eso es la literatura <br />
furbolera. No hay nada menos atrayente dentro del género literario. El fútbol es otra cosa... -</i> Aseguró Dolina. -<br />
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¿Habré marcado bien? Esa pregunta me viajó por la cabeza a lo largo de la nota. ¿Era el mismo “Dolina” que yo había conocido? <br />
No lo podía creer: en vivo, en horario central, con empresas que bancaban "la nota del día" y "El Negro" que no me devolvía una puta pared. Para colmo, la llamada se cortó en la mitad de la entrevista. Estiré como pude mientras los productores corrían tratando de engancharlo otra vez. Según entendí, su celular tenía poca carga. <br />
Apuré mi batería de preguntas. Le pedí, entre otras cosas, si nos podía recomendar algún autor para leer en nuestro espacio radial.<br />
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<i>- Uy... no sé... tendría que pensarlo un poco, pero... ¿Por qué no me llama más tarde que con total seguridad se lo voy a decir?</i><br />
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No. Ya era demasiado. No sólo que no me respondía nada, sino que encima me pedía que lo llame más tarde, así pensaba tranquilo. ¿Habré marcado bien?, seguía pensando yo...<br />
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Tres o cuatro minutos después, lo despedí respetuosamente. Creí que de una buena vez la nota había terminado y dije:<br />
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<i>- Andá a cagar, Dolina...</i><br />
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Lo dije al aire sin darme cuenta, tirando sobre la mesa los auriculares, justo cuando él decía: <br />
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<i>- El abrazo es para usted, Juan, que hace rato que no lo veo....</i><br />
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