Tierra seca
Juan Ferrandis - 28-06-2005 01:42:32 | Categoria: Anecdotario
En el fóbal nunca fui habilidoso. Nunca aguanté un partido entero, nunca hice goles bonitos, nunca la figura del partido. Pero guardo dentro mío un estilo elegante para el pase corto, y preciso para el pelotazo en profundidad. Con eso, he logrado cosas importantes. Aunque mi vida deportiva en materia futbolera empezó como arquero. Y empezó mal.
Cuando cumplí ocho años, acompañé a Mariano “Reíto” Anido al club Unión. En la primera práctica un viejo de pelo blanco despeinado y con pocos dientes al que todos llamaban “Quimo”, me preguntó de qué jugaba. “Atajo”, dije, y salí corriendo para ponerme debajo de los tres palos, con los pies separados y las manos en la cintura.
Ni bien comenzado el partido me distraje con un “Pipper” que fumigaba un campo vecino, y a los cinco minutos ya contaba tres goles en contra. “Quimo” me dijo: - “¿Qué hacés, nene?”
Entonces... afuera, en penitencia.
Cuando cumplí los nueve, pasé por alto la advertencia de mi papá (“No, Juan, el fútbol te estropea las piernas...”) y me anoté en el Polideportivo. Duró poco. Ese mismo viernes llegué con las rodillas peladas de tanto tirarme al pedo en el playón que da a la 32, y mi viejo descubrió la mentira.
Entonces... adentro, en penitencia.
Cuando cumplí los diez, pasé a formar parte del equipo del barrio.
Mis condiciones habían mejorado notablemente. Papá se había resignado y ya usaba la hora de la siesta para llevarme al “predio deportivo” del Barrio La Penta (un campito aislado, de tierra seca y dura, pero que llamado “Predio deportivo” elevaba su condición de potrero.)
Ahí nos juntábamos tres veces por semana. El papá de Luisito nos dejaba una pelota y jugábamos hasta cansarnos o hasta que “el esférico” se iba a la casa de Doña Griselda, una vieja que nunca nos atendía y que se quedaba con nuestro mejor juego.
El que llegó con la novedad del “interbarrial” fue Mauricio. Parece que había escuchado un comentario de boca de Delvechio, el presidente del barrio, pero como decía que nosotros no teníamos chance de nada prefería no levantar la perdiz para que el barrio no quedara mal parado.
Entonces llegó corriendo a la práctica y nos contó medio entrecortado por el cansancio del trote.
-¿Cuándo es?
-El sábado que viene.
Nos miramos. “Arito” Pietruchia, mayor que nosotros, se puso la pelota debajo del brazo y nos juntó en la mitad de la cancha. Nos dijo que era nuestra oportunidad. Que teníamos equipo de sobra, porque hasta en el banco había gente capacitada (Yo miré a los mellizos Heredia - uno chueco y el otro miope - los únicos que quedaban siempre para el recambio, y dudé un poco del discurso). También dijo que debíamos trabajar duro para ser el orgullo de la gente. Que el viejo se dedique a la zapatería, que bastante mal le estaba yendo. Que deje esto en nuestras manos, pues si el barrio iba a ser mal visto, sería porque tarde o temprano saltaría lo de la plata que se había robado en la última barrileteada del día del niño, y no por nuestro fracaso en el campeonato. Que los colores del barrio iban a ser defendidos por fornidos gladiadores, permanentes constructores del buen fútbol.
-Che, Arito... ¿Cuáles son los colores del barrio? - Preguntó alguien.
-Mmm... hay que conseguir camisetas. Cualquiera. Los colores van a ser esos. Nos vemos el lunes.
Y nos fuimos caminando despacito, viendo cómo Lucas y Mariano, riéndose, se escupían de lejos.
Pasó el fin de semana y el lunes nos encontramos con la novedad de haber conseguido la ropa. Era un juego de camisetas que guardaba el papá de Mauricio para los partidos internos de “Ducilo”, la fábrica donde trabajaba.
Verdes con vivos celestes. Enormes. Horribles. Pero era lo que había.
Entonces, plantamos el equipo en la cancha listos para el sábado:
El “Negro” Aragón, cansado de atajar en el Quilmes, me dejó su puesto de arquero y se fue a jugar de once. Darío Caballero se paraba de tres. “Arito” de cinco, porque era grandote y cortaba bastante. Lucas Chabagno, camorrero como pocos, se paraba de dos. Mauricio era zurdo y jugaba libre. No por bueno, sino para que no estorbe siempre en el mismo lugar. Y el “Reíto” Anido había conseguido el permiso del “Unión” para jugar con nosotros. De esa forma tendríamos gol y prestigio.
Toda la semana entrenamos fuerte. Incluso habíamos agregado más días porque nos enteramos que en el sorteo se había resuelto que sería por eliminación directa y, para colmo, nos tocaba debutar con el barrio “Esperanza”, un equipo de pibes rudos, poco simpáticos, famoso por su historial pugilístico dentro de las canchas, y que faltaban a la escuela para jugar a la pelota.
El sábado a la mañana mi abuelo, enterado del campeonato interbarrial, me sorprendió con un hermoso par de guantes “eNeVe” de regalo. Me los dio envueltos en un papel de “Vitetta deportes” y me quedé observándolos un largo rato. Eran negros y tenían un refuerzo de cuerina dorada con una linda goma roja en la palma de la mano. Nunca había visto nada igual, sacando los “Reuch” de Pumpido.
Ni los pibes lo podían creer.
Hasta Darío había dicho que era un desperdicio.
Entramos a la cancha. Cada equipo hacía movimientos precompetitivos en un arco distinto: Ellos jugaban un “veinticinco” y mandaban al paredón al que sea; Nosotros trotábamos despacio. Ellos se reían como si lo que viniese no fuera más que un picadito; Nosotros no parábamos de temerles. Ellos fueron al circulo central ni bien llamó el arbitro. Nosotros queríamos irnos cada uno a su casa.
Al menos ganamos el sorteo. Al pedo, porque me dieron a elegir y del cagazo preferí que el sol me diera en la cara.
En el primer tiempo fuimos más. No llegamos con claridad; no creamos una situación de riesgo; no tiramos un puto corner. Ni siquiera hicimos un lateral en el campo de ellos; pero aguantamos bastante sus patadas indiscriminadas y para nosotros era como ir ganando por goleada.
Noté que se estaba caldeando el partido cuando al “Reíto”, faltando muy poco para que termine el primer tiempo, lo acostaron de un codazo en la mitad de la cancha y tuvo que salir sangrando. Por supuesto que no les dijo nada. Nadie hubiese dicho nada, nunca. A otro equipo sí, pero a los del “Esperanza”, jamás.
En el descanso Pietruchia nos pasó un trapito con alcohol a cada uno para que le pegáramos unas olfateadas profundas, y dio a entender que estábamos bien. Que íbamos por buen camino. Que se estaban poniendo nerviosos y que nosotros teníamos que seguir así. Que estábamos a un paso del objetivo.
Ahora, sin Mariano, la cosa iba a estar complicada. No por su ausencia, sino porque lo reemplazaría alguno de los mellizos Heredia. Eso no lo dijo en voz alta. Ni si quiera lo dijo, pero todos lo entendimos así mientras los hermanos se peleaban por no entrar.
Todos me recuerdan por el segundo tiempo. El “Chueco” Heredia, en un acto de torpeza que sólo él podía protagonizar, erró una volea justo cuando el mejor de ellos lo estaba marcando. Le aplicó terrible derechazo a la altura de la cintura y, para rematarla, se le cayó encima quebrándole la clavícula.
A la mierda el “fair play”...
¿Cómo explicarle a estos muchachos que lo había hecho de inútil que era, nada más? ¿Cómo decirles que había sido un accidente...?
No había forma. Así que dejamos que lo trompearan un rato y listo. De esa manera, todo se olvidaría rápidamente y ninguno de nosotros sería víctima de una venganza.
Pero lo peor vino después, justo cuando terminaron de adornarle la cara al pobre Heredia y a segundos del final reglamentario.
El árbitro cobró el foul. Un tiro libre lejano, inofensivo, manso. El encargado de darle fue el dos, que le pegaba de todos lados, y me quiso probar porque yo estaba frío. Alcancé a acomodar la barrera como pude y a los gritos, ya que nadie se quería interponer entre esa bestia y yo. El único valiente fue el “Chueco”, que todavía se estaba agarrando la naríz y acusaba un leve zumbido en el oído. O en los dos, no me acuerdo.
El grandote de ellos le pegó bárbaro, fuerte y con el empeine. Si no fuera porque le dio en la frente a Heredia (que se quedó tumbado otro rato más) se metía en el ángulo. Entonces la pelota dibujó una parábola antológica y ahí venía, suave ahora, picando alto y sin fuerza hacia mí.
Traía la gloria de haber aguantado el resultado en cero (poco importaban los penales).
La alegría de saber que ya nadie dudaría de nosotros.
La cara hipócrita de un Delvechio sorprendido por nuestra actuación.
La venganza del “Reíto” mirando desde el banco.
El “No fue en vano...” de mi viejo.
Y tantas otras cosas que se me cruzaron por la cabeza justo cuando me tocaba agarrarla. Justo cuando iba a coronarme con la única pelota del partido que me buscaba recién sobre el final...
Y ahí venía... picando alto...
Jamás voy a olvidar esa imagen.
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Comentarios
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Che, un placer leer estas cosas tan lindas. Un hermoso placer.
Comentario de Nino hace 4 años y 54 meses
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cuando yo jugaba en el Defensores y nos enfrentabamos con Comunicaciones, se hablaba durante toda la semana de los 4 o 5 kamikazes (todos del Esperanza) que debían su fama más a su pasión por romper piernas y propinar codazos que por su elegancia futbolística. Ni hablar cuando jugábamos los intercolegiales con mis compañeros de escuela y ellos dejaban de ser 4 0 5 para ser 16 (para nosotros) "energúmenos", entre titulares y suplentes, que le sacaban punta a los botines...
Juan, el anterior no salió no se por que, pero aca esta la firma prometida.
Un inmenso abrazo...Comentario de El Goyen hace 4 años y 54 meses
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juan,gracias por rememorar momentos unicos de nuestra infancia,esto es lo que a uno le alegra el corazon.
Comentario de el reito hace 4 años y 54 meses
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Juan: Clarisimo tu comentario como siempre. Lo del reito sensacional con su gambeta endiablada?
Asi que jugaste en Union y Quimo te cago a pedo? No fue al unico, quedate tranquilo.
Parece que lo estoy viendo al Gordo Pietrucha hablandole a la muchachada en el centro del campo. Que capo Arielito!!!!!
Me parece que juno a Caballero, pero de los mellizos heredia no los tengo en mente, no me doy cuenta quienes son?
Gracias por traer a nuestra mente un hermoso pasaje de una infancia, aunque no estuve ahi, es como si hubiese estado.
Una pregunta. Por ganar ese partido, vos, te dejarias?
SuerteComentario de Seba hace 4 años y 54 meses